"El arte de nuestros enemigos es desmoralizar, entristecer a los pueblos. Los pueblos deprimidos no vencen. Por eso venimos a combatir por el país alegremente. Nada grande se puede hacer con la tristeza." ARTURO JAURETCHE
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domingo, 8 de enero de 2012

jueves, 11 de agosto de 2011

LA HUMILDITA Y EL GAUCHITO GIL

"No voy a hacerme la humildita, la chiquita" dice la que tildan de soberbia, arrancándonos la sonrisa cómplice en medio de tanta emoción. Ya había arrancado fuerte la tarde. La entrada del Chivo Rossi desató una ovación reivindicatoria que desdijo auquello de que el peronismo no quiere a los perdedores.


Ella entra en medio de los papelitos. Entra y se adueña del espacio, del tiempo, de nuestros ojos, de nuestros corazones. Ella escucha a Amado que le dice que siempre va a votar positivo. Ella va hacia el atril, canta apesar de las bombas y los fusilamientos los compañeros muertos los desaparecidos no nos han vencido. Ella canta, canta.


Ella habla tranquila, entre compañeros. Se sabe querida, contenida, admirada. Nos habla de amor, nos cuenta del corazón de Néstor tan grande que le estalló el pecho por cuidarla, por defenderla, por quererla. Por quererla, dice, y a una - que es una romántica empedernida- se le caen los mocos sin remedio, mal. Ella nos habla del País que construimos, del orgullo por nuestra educación pública, del mundo que se cae a pedazos y nosotros tan campantes, de los sueños de Néstor, de su familia, de las turbulencias que tuvo que pasar, de Néstor otra vez, que debe estar más tranquilo ahora. Ella habla serena y emocionada, habla con los ojos húmedos. Ella es enorme, sencillamente.


Yo la miro en medio de los mocos irrefrenables. Lloro a baldazos y me pregunto qué tiene esta mina que me puede, que me mata. Cómo hace. Es una presidenta. Es mi presidenta y parece que fuera mi parienta, una prima muy querida, mi hermana. La miro y pienso en mi hija, en la Patria que le estamos dejando y es esta mina que está ahí, en el escenario, quien se pone al frente de la lucha, llenando todos los espacios de combate. Un combate de amor que persigue el último objetivo de un Pueblo feliz y una Patria grande.


La miro y me pregunto cuándo hubiera pensado yo que iba a emocionarme así con un gobierno. Cuándo se me ocurrió la peregrina idea de que un gobierno nacional iba a retomar las históricas banderas que me legó mi viejo y las iba a hacer política de estado. Cómo iba a suponer siquiera dormida que alguien iba a reparar, de a poquito pero firmemente todo el daño que se ha hecho a nuestra Patria, a nuestro Pueblo, a nuestros pibes, a nuestos viejos, a nuestras mujeres. Y les iba a dar un Futuro.


La miro y no entiendo de dónde mierda saca tanta fuerza, tanta entereza en medio de su dolor, en medio de los embates impiadosos de los hijos de puta de siempre. Y encima nos dice que no nos enojemos con ellos, que no entienden. Y la verdad es que entienden, pero ella levita a quince centímetros del suelo, está por encima de todos. Y ellos lo saben, puta que lo saben. Pero el odio le hace más daño a quien lo emite, dice ella, y se los lleva puestos una vez más.


La miro y sé que soy una privilegiada, somos privilegiados por tener esta presidenta. A mi lado, el Ga, con su nudo en la garganta y sus lágrimas que se seca de vez en cuando, también lo sabe.


Ella termina de hablar. Dar es dar, canta Fito y ella baila, en medio de su dolor, ella baila, puta madre. Qué mina.


Detrás de mí, dos muchachones grandes, de impecable traje, tienen los ojos húmedos. Un par de filas más atrás, dos tipos grandes, campera, pinta de laburantes, cincuentipico largos, la miran. Serios, como reconcentrados. Me pregunto qué es lo que están pensando. Seguramente ellos tampoco pueden creer lo que nos está pasando. Seguramente llevan en sus cueros las heridas de los sueños destrozados, que hoy reviven y se pueden palpar.


El acto terminó. Nos vamos quedando para verla hasta último momento. "Si mi Presidenta no se va, yo tampoco" dice el Ga y me enamora más. No lo sabe, no se lo cuenten.


Hay una valla al costado de la platea. Un compañero nos dice que ella va a salir por ahí. Primero no creemos, pero ahí está Ricardo Foster, que no se mueve. Y hay muchos monos ahí dentro del corralito, disculpen la palabra. Y ahí lo veo al fotógrafo presidencial, oséase. Esperemos. Van saliendo los ministros, los gobernadores. Ahí está el Coqui, no fue de vice esta vez, le pongo una ficha para el 2015, me gusta. Y alli viene. Ella.


Se va acercando y saluda uno por uno a todos los que estamos detrás de la valla. Yo estoy rodeada de hombres. Ella me ve, creo que reconoce que soy la única mujer en cinco metros a la redonda. Viene, me saluda, un beso. Un beso a mi presidenta, semejante mina, puta madre. Se me esta yendo y yo tengo en la mano la estampita del Gauchito Gil que llevo siempre en mi billetera y saqué para dársela, como lo más propio que tengo. Se me está yendo y le agarro la mano, se la abro y le pongo la estampita. Ella registra, mira su mano, mira la estampita, y lo reconoce. Sabe quién es el Gauchito. Se le humedecen los ojos y me mira, agradeciéndome. Porque ella es del Pueblo, es así, humildita.


He dicho


sábado, 8 de enero de 2011

PARA LOS PITUCOS UN GIL, PARA NOSOTROS TAN GAUCHITO...


Ya publiqué esto, hace dos años. Poquísimos seguidores tenía en ese entonces y seguramente muy pocos lo habrán leído. Es la excusa que encontré para publicarlo de nuevo hoy, que es 8 de enero, su día, mientras me tomo un vino patero y me fumo un pucho en su honor, como corresponde

EL GAUCHITO GIL, UN SANTITO PERONISTA

Será q
ue para llegar al santuario tengo que cruzar todo el barrio de mi infancia: el club donde aprendí a nadar, el hospital donde nací, la placita donde jugaba al salir de la escuela, la esquina del martonero, la iglesia a la que iba con mi nona a rezar los quince sábados, la plaza con mi calesita preferida, que ahora homenajea a Homero Manzi. Será que a la vuelta vengo medio mareada, mitad por el medio litro de tinto que me tomé al rayo del sol, un 8 de enero a la una de la tarde hora peronista y esa mezcla rara de olores y temperaturas: los vinos destapados, las velas rojas, los cigarros encendidos, la transpiración de los morochos con sus panzas al aire, el perfume barato de las mujeres –algunas de las cuales disimulan su morochez gracias a la tintura hecha en casa, que ni de peluquería, como las rubias de barrio norte que tampoco son rubias porque después de los 30 ninguna es rubia, sépanlo, salvo las nórdicas o germanas, y por estos lares no hay demasiadas-. A todo este emboyeré se suma el chamamecito bien maceta que sirve de música de fondo a los rezos de los promeseros y el humo que llega desde la calle, plagada de puestitos de choripán, vacío, pollo, empanadas fritas, chipacito y sopa paraguaya.

Por lo que sea, hoy tengo ganas de escribir sobre el Gauchito Gil.


Conocí la historia en los maravillosos y duros años que viví e
n el nordeste, que me dejaron un montón de cosas en la cabeza y el corazón, y una hija solidaria y correntina.

Se cuenta que Antonio Mamerto Gil era uno de estos gauchos bandoleros, tipo Mate Cosido o los hermanos Velázquez, que afanaba a los ricos y r
epartía el botín entre el pobrerío. Ya desde ahí cae simpático el tipo. Que fue desertor en la “guerra” entre celestes y colorados, a mediados del siglo XIX. Que lo agarraron y lo condenaron a muerte. Que como la gente lo quería y se lo tenía por buen hombre, se juntaron 20 firmas de “notables” para pedir su perdón. Que el perdón llegó tarde, pero él, antes de que lo colgaran, le avisó a su verdugo que su hijo estaba enfermo y que como estaba derramando sangre inocente le iba a tener que pedir a él que intercediera ante Dios para que el gurí se cure. Que el sargento, efectivamente, cuando llegó a su hogar encontró a su hijo muy enfermo, y que le pidió al Gauchito, y se convirtió en su primer devoto. Que puso una cruz y un par de tacuaras con cintas rojas allí donde lo habían matado – porque el gauchito era federal (y sigue cayéndome bien).

Hay una versión más que habla de la decisión
del dueño de las tierras en las que se encontraba el santuario, de trasladar el cuerpo del gauchito al cementerio local, molesto por la incesante llegada de miles de promeseros, y del posterior derrumbe económico y familiar que sufrió este hombre, que se revirtió cuando volvió a asentar el santuario en su lugar original.

Son muchas, miles las historias de milagros que realizó el gauchito. Dicen que al morir prometió que su sangre inocente iba a volver en milagros p
ara su Pueblo.

Y es el Pueblo quien se arrima a los altares, con su fe sencilla, profana, e
l que prende su velita, deja su vino o su vestido de novia, una trenza, un paquete de puchos, el título, una chapa de auto, una carta o un poco de plata. No hay especulación. Se pide, se promete, se agradece. Y cualquiera que llega puede tomar de allí lo que necesita y en otro momento devolverlo. Porque además, está eso, la solidaridad. Por eso también me cae simpático. Y porque es un santito colectivo: sus altares no están en las casas o en las iglesias, sino en la calle, a la vera de los caminos, en las veredas. Se reparte. Y eso es bien peronista. Nadie lo administra. No hay un Papa, un Rabino, un Monje, un nada que diga cómo y cuándo se debe honrarlo. Y la iglesia católica no lo va a beatificar nunca, por gaucho retobado.

No va a faltar el positivista que despedace mi relato por su falta de rigor científico. Ese mismo positivista concluirá conmigo en que no hay ciencia que pueda contra la fe. Y, permítanme, a mí la fe de un Pueblo en un gaucho retobado
, me conmueve. Me conmueve el hombre que se puso su mejor traje de gaucho, bombacha plisada y camisa rojas, ristra de monedas relucientes a la cintura, facón plateado en la espalda, botas prolijamente lustradas. Y la muchacha con su remera colorada, y la panza alunada de una señora, casi a punto de parir, que besa la imagen del santito y traslada el beso a su vientre florido. Y el muchacho, músculos negros, tan machazo él, arrodillado en medio del gentío, arrodillado como no debe arrodillarse en ninguna otra ocasión. Y los gurises correteando, empanada en mano, tranquilos y seguros, porque allí no hay daño posible. La vieja del quiosquito de enfrente, que me vendió el vino y me indicó por dónde andaban pasando los colectivos para volver de Ing. Budge al centro, y me despide diciendo que el gauchito me bendiga. Y hasta el colectivero del 32, que hoy tiene más laburo que nunca, y nos lleva con una sonrisa y su cinta roja colgada en el parabrisas.

Por eso, cuando vayan por los caminos de la Patria y vean a los costados de las rutas una pequeña estatua de un gaucho con una cruz detrás, rodeada de banderas, flores y estandartes rojos, sepan que es el santuario del gauchito, y aminoren su marcha, toquen bocina o hagan un gesto. Si no creen en el Gauchito, que sea en honor al Pueblo que cree en él.

Oración al Gauchito Antonio Gil
OH! Gauchito Gil
Te pido humildemente
Se cumpla por intermedio
Ante Dios, el milagro que te pido:
Y te prometo que cumpliré
Mi promesa y ante Dios
Te haré ver,
Y te brindaré mi fiel agradecimiento
Y demostración de Fe
En Dios y en vos Gauchito Gil
Amén


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