"El arte de nuestros enemigos es desmoralizar, entristecer a los pueblos. Los pueblos deprimidos no vencen. Por eso venimos a combatir por el país alegremente. Nada grande se puede hacer con la tristeza." ARTURO JAURETCHE
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martes, 1 de noviembre de 2011

jueves, 27 de enero de 2011

NUNCA MENOS


No quería escucharlo, no quería. Hace unos días está dando vueltas el video. No quería. No quería la tristeza, la nostalgia, el dolor otra vez mordiéndome el pecho sin un mínimo de piedad. No quería que me volviera ese día, la sorpresa, la desazón, el salir corriendo a casa de mi compañero buscando refugio y consuelo y comprender, con su llanto en mi hombro, que el sostén debía ser mutuo, no hay espacio para quedarse en la debilidad propia. No quería los ojazos de mi hija intentando quitarme la pena vanamente, no, no es eso lo que corresponde, los padres debemos sostener a nuestros hijos, no al revés. No quería este temblor de piernas, como aquel después de doce horas de cola que acabaron en un desmayo inoportuno, los compañeros abriendo un camino entre la muchedumbre apiñada entre la que no circulaba el oxígeno pero pude salir yo, la botellita de sevenap que me llegó no sé de dónde, cosas que pasan cuando estás entre el morochaje, que si me llegaba a desmayar en barrio norte seguro pensaban que estaba drogada. No quería llorar de nuevo no.


Pero fui, hice click en el enlace, y ahora que ya lo vi, después de llorar como una pelotuda, en medio de las lágrimas me nace la sonrisa, el orgullo, la tranquilidad de saber que el tipo atravesó mi vida, me devolvió los ímpetus de juventud, las ansias de Justicia, la esperanza. La esperanza. Y, sobre todo, que no lo hizo sólo conmigo, sino con millones de tipos y tipas que hemos vuelto a las andadas, para que nunca menos.


Y que acá estamos, de pie junto a Cristina, hasta la Victoria.


He dicho



sábado, 30 de octubre de 2010

MÁS PINGÜINOS

¡¡¡Gracias Barragán!!!

viernes, 2 de abril de 2010

CARTA CON VIENTO SUR

Le juro que nunca pensé que el invierno podía ser tan duro, y eso que ni siquiera llegó todavía. Acá el frío es como una yarará, que muerde el pie, y entonces el veneno va subiendo por la sangre hasta que le llega al pecho y le para el corazón a uno.


He de ser culpa del mar, que está ahicito nomás, aunque desde aquí no se ve, pero se huele. El aire salado y crudo congela los pies, los mocos, las lágrimas. Es raro estar acá, en medio de nada, solamente esperando... Bueno, eso ahora, porque hoy caminé muchos kilómetros bajo la llovizna. Se me empaparon las botas, que para peor me quedan grandes así que tuve que sacármelas y no sé si hice bien. La cuestión es que después de caminar y cavar, recién puedo sentarme un rato. Pero no me quejo, porque soy bien machito.


¿Sabe? Un poco se me pasa el frío cuando pienso en usted, cuando la recuerdo dando la vuelta del perro los domingos por la plaza del pueblo, con su piel de aceituna y su vestidito celeste bajo el último sol correntino... cuando pienso que después la acompaño hasta su casa, embobado con su yurucito carnoso que me promete todos los besos, y nos detenemos unos metros antes de llegar, usted cumple su promesa, y yo siento su cuerpo cómo me tiembla entre los brazos... y entonces la llama a los gritos la doña Graciana y usted se va, y yo la veo irse... ¡es tan linda que me hace doler los ojos cuando la miro!


Ay, mi guaina... le juro que cuando vuelva, voy y le hablo a su tata, para que nos casemos. Ya sé que Don Carmen me va a decir que apenas tengo veinte años, pero si soy hombre para estar acá, también soy hombre pa mantenerla a usted. Y si trabajo mucho en el campo, por ahí podemos hacernos una casita en el fondo de la de mi madre, destino de poriajhú, para criar a los gurises...


A lo mejor nos podemos venir para acá, quién le dice. Por estos pagos va a hacer falta gente de trabajo duro. Pero no sé, porque no quisiera hacerle pasar estos fríos. Ahora que lo pienso bien, usted, que es todita verano, no creo que se halle aquí. Parece que diosito se olvidó de este lugar, que ni un mísero árbol le puso. Apenas unos pastos duros que se quiebran bajo los pies. La ventolera no se soporta, a usted que es flaquita la tendría que atar para que no se me saliera volando. Hay unas lomas masomenos altas, poco más que las barrancas de Empedrado. Y después, nada. Pero nada. Nada.


Hace días que no tenemos noticias del sol. Ni un humilde rayito. La vida es, a la mañana un poco de cocido y una galleta. Después esperar, o caminar, o trotar un poco para que no se congelen las piernas. Al mediodía una sopa con cuatro fideos locos, y vuelta a lo mismo.


Oscurece muy temprano. Y llega el miedo. Ni adentándome en el monte, ni cuando maté al jabalí ese, supe yo lo que era el miedo. Ahora sí. Pero no digo nada, así que puede estar orgullosa de este correntino que se la aguanta como buen varón. Hay otros que se quejan. Y así terminan...


Me parece que voy a dejar de escribirle, por un rato nomás, así me voy a leer su carta otra vez. Me gusta recorrer sus palabras cariñosas, que me cuentan lo liero que está el Ramoncito, y que se junta con mi viejita para recordarme a la hora del mate, y que le rezan por mí a la Virgencita de Itatí y al Gauchito Gil.


Los chocolates ya la bufanda que me mandó, nunca me llegaron. Debe ser que estos gringos de mierda me los afanaron, como si les quedara algo más por robar, añámemby. No importa. Igual su carta me entibia y me aleja del miedo. Ese miedo que tenemos todos, y es una mirada permanente sobre el horizonte. Y es que en esta trinchera, el miedo se palpa. Se huele. Se mastica. El miedo es una escuadrilla de Sea Harriers, como aquella que se ve a lo lejos.

ESTE BLOG ESTA ORGULLOSO DE SER PARTE DE LA MIERDA OFICIALISTA