"El arte de nuestros enemigos es desmoralizar, entristecer a los pueblos. Los pueblos deprimidos no vencen. Por eso venimos a combatir por el país alegremente. Nada grande se puede hacer con la tristeza." ARTURO JAURETCHE

miércoles 8 de febrero de 2012

QUE VES EL CIELO...

Y me sacaste de mi modorra del modo que menos hubiese querido. A pura lágrima, a pura puteada. Te fuiste y te llevaste un pedazo de mí, aquel pantalón desteñido, aquel morral, las sandalias franciscanas, aquel suéter grande que a mi viejo le daba vergüenza, aquella inocencia de los años donde empezaba a darle mamporros a la guitarra y estaba la muchacha ojos de papel y el niño dormido.


Flaco y la puta que te parió, sacarme así, yo que andaba con mis tristezas y ahora agregaste esta de no saber qué mierda hacer, dónde ir a llorar, o a fumarme un porro, mi hija que me avisa con una frase pequeña y no sabe que yo sé, y no sabe lo que fuiste, lo que sos, para todos nosotros.


Los dedos se atascan sabiendo que no van a poder escribir toda la tristeza que muerde el pecho, se viene aquel primer recital, dieciséis añitos, Obras, todos los mostros del rock nacional y vos y yo, que no podía creer que estaba viéndote, a vos y a los mostros. Un par de años más y aquel recital en Barrancas, el primero al que fui sola, no te alejes tanto de mi, ella también se cansó, y esas notas disonantes que rompían la cabeza y esas letras a veces inentendibles pero para que entenderlas sólo hay que dejarlas entrar.


Pasaron treinta años y siempre estuviste, siempre. Tengo el corazón como arrancado, todas las frases que se me ocurren son cursis porque el dolor es cursi, el amor es cursi, y qué. Trato de consolarme con eso de la gira, y que la gente buena va al cielo, y un montón de pelotudeces que no sirven para consolarse cuando te arrebatan el mi mayor y te dejan el alma en re menor.



No son los mejores días para que te me fueras a morir, flaco. Febrero empezó como el orto y así sigue. Nunca hubieran sido buenos días, pero éstos, menos. Ahora voy a salir a una Buenos Aires que va a estar más putamente gris que nunca, más chota, más triste, mas sola, como yo.


Vení, ponele una última novena, un acorde complicado, o uno sencillo, un oxímoron, una metáfora incomprensible, una desafinada si querés, un acople, ponele un poco de rock, quedándote o yéndote... quedándote...

domingo 8 de enero de 2012

martes 3 de enero de 2012

LA ANSIEDAD Y EL AGUANTE

Una quedó medio grogui en ese maldito momento. La palabra, esa puta palabra mordió el estómago. Una no se anima a decirla, y menos a asociarla con ella. Pero la puta palabra existe, es y está. Y es la desolación, el aturdimiento, lo inentendible, lo obsceno, es un "¿qué más?".

Después del bombazo, una empezó a rezarle al Gauchito, que nunca escamotea la ayuda. Como una primera reacción, se aferra al pensamiento mágico, la fe, o como corcho quieran llamarle. Y encuentra un primer refugio, en el sentimiento compartido por tantos, en la estampita querida que una la regaló y sospecha que ella guarda.

Más tarde vino la admiración. ¿Cómo hace esta mina? ¿Cómo mierda hace para bancar todo de pie, sin retroceder un tranco de pollo, como dice ella, sin aflojar ni bajo el agua? ¿Cómo hace, si una, apenas tiene cualquier mierdita rara que le sale en el cuerpo, desde una verruguita hasta un ganglio inflamado, ya se caga de miedo? ¿Cómo hace para desdramatizar una situación que es dramática por el sólo hecho de involucrar esa palabra que no quiero nombrar? ¿Cómo hace para sonreír, bromear, gastar a su vice, firmar un papel?

Enseguida sobrevino el asco, cuando -féisbuc mediante- una empezó a ver como revoloteaba el buitreraje, cómo los cerdos de siempre festejaban, se reían, se mofaban. Capaz que están esperando una muerte como el último recurso para lograr lo que no logran con los votos, con las tapas de clarín, con agrogolpes. Si eso esperan, que se busquen un banquito.

Hoy está definitivamente la ansiedad, acompañadita por el aguante. Allá están los compañeros que necesitaron amucharse, abanderarse, esperarla y mostrarle el amor del Pueblo, para que sepa lo que ya sabe, que no está sola en su soledad. Acá estamos los que -en ocasiones- necesitamos el silencio, el retraimiento, una estampita, el puto noticiero. Todos, todos, con la ansiedad de escuchar el parte médico que diga que todo salió bien, que ya pasó, porque por más que nos hagamos los machos hay como un miedito innombrable. Todos, todos, haciendo el aguante, como podemos, cargando con nuestros temores, con nuestras historias, porque a todos nos ha tocado de cerca alguna vez, un familiar, un amigo, alguien muy muy querido. Y ella no es ni un familiar ni una amiga, es una presidenta y es -vaya cosa rara- una presidenta muy muy querida.

La ciencia hará su parte. Ella estará sola allí, frente al bisturí. Tan sola como esa mañana frente al espejo, tan sola como en esa foto junto al ataúd, tan sola como cada noche cuando se mete en la cama. Pero a la vez tan acompañada. Como esa mañana frente al espejo, como en esa foto junto al ataúd. Acompañada por Néstor y por el amor de todos nosotros, que vamos a estar con los huevos en la garganta hasta que ella nos sonría otra vez.

Y ella nos va a sonreir, claro.

He dicho

viernes 9 de diciembre de 2011

FRENTE AL ESPEJO

Es la tarde. El sol se acuna lento, como hamacándose, espiándola por última vez hasta mañana, cuando la vea a pleno. La chica acomoda prolijamente todas sus cositas bien a mano. Repasa una y otra vez. Los zapatos de taco, nuevitos, brillantes, tres pares de medias porque siempre alguna se corre, en medio de los nervios. El vestido impecable, el saquito, que va a hacer calor pero siempre hay que tener un saquito. El collar de perlas, los aros, los anillos, las pulseras... todos puestos así, uno al ladito del otro, sobre el tocador. El estuche con los maquillajes: la base clarita, el tapaojeras, el rubor suave, el brillo labial, las sombras, el rimmel y el infaltable delineador. Todo perfectamente ordenado con esa serenidad inquieta de los preparativos de una gran ocasión. Una ocasión esperada, para brillar, para ser el centro de las miradas. Las mujeres sabemos hacer de eso un rito que no se compara con nada. Mañana va a estar linda, sí. Mañana van a quedar boquiabiertos todos los hombres del mundo, de su mundo, porque mañana el mundo es de ella. Mañana todo el mujeraje de la comarca la va a envidiar, sana o maliciosamente, la va a envidiar.

Hace días, o meses, o años, o toda su vida, que la chica se está preparando. En verdad, no es esta su primera gran ocasión, pero es tan especial que le humedece los ojos, le cimbra el aliento, le provoca ese nudo en el estómago. Todo el mundo revolotea, ajustando los últimos detalles para la fiesta. Las flores, las alfombras, los adornos. Todas esas cosas de las que se ocupan otros, porque la chica necesita cierta ajenidad para relajarse, aunque no mucho, no es su costumbre. Ella camina despacio por la habitación, recibe algunos llamados, mamá que pregunta si todo está bien, alguien que le alcanza un té, los chicos que regalan el mimo indispensable en el momento más díficil. Ella vuelve sobre sus pasos, piensa qué va a decir, teje ideas, se acomoda el pelo, tal vez se descalce y se tire un rato en el sillón.

En su soledad tan habitada desfilan los fantasmas queridos, las caricias ausentes, los tiempos del jean y la camisa a cuadros, los mandatos, los legados, las alegrías tamborilleadas, los amigos que sonríen desde la lejanía tan cercana de aquellos días. Con su último resuello, el solcito tenue alcanza a ver cómo aquella soledad se puebla de sonrisas desdentadas, cachetones morochos, pelos chuzos, de manos callosas, patitas flacas, sienes plateadas, delantales blancos, banderas, tantas banderas. Ahí, en esa soledad, ella lo sabe, están las mamás, los pibes, los viejos, los putos, los machazos, los pendejos, los obreros, las embarazadas, los estudiantes.

La chica sabe que están todos ellos y no está sola en esa soledad. Lo sabe y sonríe con esa sonrisa leve, apacible y diáfana. Se mira al espejo, se mira las manos, se acomoda el flequillo. Llaman a comer. Después, muy después, vendrá el descanso. Y la mañana, el desayuno liviano, sentarse frente al tocador, humectar la cara, esparcir la base con la esponjita, mirarse, pensar... todos los pensamientos se condensan en esos largos minutos, cuando una se maquilla. El lápiz pasa por el párpado rebelde que se inquieta con algún recuerdo, la sombra del mismo color de la ropa, o de un color neutro, en el centro del párpado, y un poco de profundidad en los bordes, así es. Las pestañas se arquean al paso implacable del cepillito del rimmel. Alguna broma de Néstor sale de la bruma e instala la sonrisa justa para que se deposite el polvo de rubor sobre las mejillas. Los retoques definitivos, la peluquería, vestirse despaciosamente, una última mirada al espejo, los besos que empiezan a afectar el maquillaje, los abrazos que capazmente arruguen un poco el vestido, los buenos augurios, las medias de repuesto en la cartera.

Y mañana iré a verla, vamos a ir todos los que le habitamos la soledad. Vamos a ir con toda esa furiosa alegría que ya no podemos contener. Vamos a ir a verla porque es la chica de todos. Vamos a ir a verla porque es su día y el nuestro. Ella terminó con sus preparativos y nosotros también. Vamos a ir a verla, sí. Y va a estar linda, tan linda cuando apoye su mano sobre la Constitución y jure...

lunes 5 de diciembre de 2011

EL REY DE LOS BOLUDOS

Hace mucho, mucho tiempo, en un país lejano llamado Clarinlandia, había un boludo. Era un boludo importante, con título y con un culo en cuatro dimensiones, lo que le valió que lo eligieran vicepresidente.


El boludo andaba por la vida creyéndose un patriota, presumiendo de republicano, tragándose sin agüita la dorada píldora que le proveyeran don Magnetto y sus secuaces, suponiéndose el jefe accccc-soluto de la santa oposición y aledaños. Le faltaba el tutú para creerse primera bailarina del Colón, vea.


Cuenta la leyenda que el boludo empezó a suponerse fundamental para la Patria el día que traicionó el mandato popular votando en contra del gobierno del que formaba parte, escondiendo su flagrante defección tras las polleras de sus hijas, que así de cagón es. No contento con eso, desoyó durante dos largos años el clamor multitudinario que le aconsejaba retirarse mentando a la progenitora que lo había traído al mundo (con esos modos tan impropios que tiene la negrada). El boludo se atornilló al sillón que le habían prestado y así transcurrió esos meses, con más pena que gloria.


Tan creído andaba el boludo, que llegando al final de su mandato despreció otra oportunidad histórica: la de dar un paso al costado ante el aluvión de votos de la última elección presidencial. Pero no, el boludo no sólo no dio el paso al costado, sino que porfió en su capricho y, con un ancho falso en la mano cantó retruco y se levantó para mojarle la oreja a mi Presidenta, diciéndole que si quería que no estuviera en la ceremonia de reasunción, se lo pidiera personalmente. Mi presidenta orejeó sus cartas, y con ancho de espadas, el de basto y el siete de espadas, muy tranquilamente susurró quiero vale cuatro, y lo mandó a cumplir con la Constitución y tomarle el juramento. Desde arriba de la palmera.


Así es que dentro de cinco días, el gran boludo argentino será coronado Rey de los Boludos, cuando se retire del recinto por la puerta de atrás, en medio de una silbatina generalizada, en busca de las polleras de sus hijas, luciendo impertérrito su bonito helado en la frente.


He dicho.

miércoles 2 de noviembre de 2011

EL FULANO...

Capazmente sea que una está más tranquila después del yeguazo, como que puede relajarse y tomar mate por unos días, que detrás de la niebla siguen acechando los gorilas pero hay un ambiente de calma y sosiego que puede permitirle a una escribir otras cosas.

Será eso o que una anda así, emocionadita de estos días, bienquerida, bienqueriente, dejándose acariciar un poco por la vida después de tantos magullones y otras caricias que se fueron, y que hubo que aprender de nuevo cómo era eso de estar pensando en alguien que te piensa, que te siente, que sabe cómo te gusta el café, no olvida llevarte la pimienta negra a la mesa, ni el vaso de agua al dormitorio o sí, se lo olvida pero se da cuenta.

Será eso o será nomás que el fulano cumple años, y hay algunos testimonios casi inobjetables que hablan de que alguna vez fue niño, y una no entiende el tiempo verbal que utilizan, será que no le ven los ojos en ciertas mañanas, o no escuchan el continuado de pelotudeces que es capaz de decir en esas mismas mañanas, cuando se despierta con una de esas contenturas. Pero supongo que hablan de otra niñez, de un naranjo que no sabemos si es naranjo, de correrías, de tarta de manzanas, el mujeraje amasando los ravioles, un papum como el de la foto -que de qué otra manera puede llamarse algo que cuando suena hace papum- provocando las protestas justificadas de la familia e anche el vecindario, y un tren cercano.

El fulano que cumple años es un oxímoron caminando. Tan contradictorio es, que es coherente hasta la puta madre, esas coherencias que tienen que ver con el hacer y el sentir, y no con lo que uno pueda andar palabreando cuando abren la puerta para ir a jugar. Y tuvo la precaución de andar las mismas calles, las mismas plazas, hasta la misma parroquia por la que anduve yo, todo diez años antes. Dicen las malas lenguas que es que me andaba huyendo hasta que para su desgracia lo alcancé y aquí estamos, encompañerados a pesar suyo. Y eso, en estos días, tiene el olor de unos gritos colectivos saltando en la nueve de julio, la música de un chori bien cocido, compañero, por favor, el color de unas lágrimas que mezclan alegría y tristeza, el sabor de esos brazos al caer la tarde, la textura dulce de un beso con llanto después del deber cumplido.

El fulano sabe mirarme así de abajito, sabe abrazarme a distancia, cuando me ve arriba de un escenario y le percibo el pecho ancho, inflado, la sonrisa relajada, y como un cartel en la frente que dice "dueño". Sabe hacerme reír hasta que me duele la cara y, créanme, me gusta mucho pero mucho reir. Sabe hacerme pensar y repensar cosas que a veces una cree que ya tiene demasiado pensadas, y el fulano viene y me hace darles otra vuelta de rosca. Sabe bancar a la Susanita y la Mafalda que conviven en mí, y darse cuenta de cuál gana momentáneamente. Y apostar a la otra, claro. Y entonces le pide a Susanita que lo ayude con un texto para una adhesión y a Mafalda que le haga el lemon pai para el cumple, éxito garantizado si tenemos en cuenta aquello de la contradicción. Y sabe, como nadie, soportar mi andar achaqueñado, ese ritmo provinciano tan mío, en medio de la vorágine porteña de la cual es parte, igual que yo.

Una nunca termina de acostumbrarse a ser tratada como se merece. A ser cuidada y querida, deseada, sostenida, discutida a veces, por un fulano que también viene maltrecho, quién no a cierta altura de la vida, pero se va dejando. Y viene con sus ideotas y todo el rock encima, con los dolores, ese dolor, que a veces se le cuelan en una sombra en sus ojos chiquitos. Con los recuerdos de un puré de zapallo y el correspondiente enchastre, con el orgullo de unos críos que iluminan el aire a fuerza de pelotudeces concatenadas, porque la herencia es la herencia, qué tanto, que aman, discuten y crecen.

Al fulano no le gusta mucho celebrar su cumpleaños. Será que no entiende que habemos algunos que le queremos festejar el hecho de estar vivo, de que haya venido a revolvernos el pelo, el alma, la vida. Y bue, su problema. Yo tengo un merengue italiano que batir en su honor.



He dicho

martes 1 de noviembre de 2011

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