"El arte de nuestros enemigos es desmoralizar, entristecer a los pueblos. Los pueblos deprimidos no vencen. Por eso venimos a combatir por el país alegremente. Nada grande se puede hacer con la tristeza." ARTURO JAURETCHE

miércoles, 6 de marzo de 2013

PORQUE SOMOS FAMILIA


 Me da por pensarlo como un tío bueno que vivía lejos, no tan lejos después de todo, ya que cada tanto se daba una vueltita por casa. No tan lejos porque en nuestro día más triste vino, estuvo acá con nosotros, con ella, como un hermano.  Uno de esos tíos que te amenizaban la fiesta de fin de año, cuando todo el mundo ya medio se está pudriendo y el tipo cazaba la guitarra y se ponía a cantar o te contaba un chiste de gallegos, o le metía un cubito en la espalda a la prima Graciela.   Uno de esos tíos que siempre estaba, y cuando vos andabas en la mala mala fue capaz de darte una mano, no sólo una palmadita en el hombro y una palabra de aliento, no, que eso lo hace cualquiera.  El tipo fue y te dio una mano para que vos salieras del pozo.  ¿Por qué? Por nada, porque somos familia y es la manera de que no nos devoren los de ajuera. 

Cosa rara estos presidentes que se parecen tanto a su Pueblo que uno los quiere como a un pariente, uno se acongoja cuando les pasa algo, se enorgullece de ellos, daría cualquier cosa por compartir un guiso, un vino, una guitarreada.  Uno los tiene ahí, tan cerquita, como nuestro Néstor que vino y me abrazó, y abrazó a tantos, empezando por el camarazo en la frente.  Como nuestra Cristina, como Evo, como el Pepe.  Tan cercanos todos que los tuteamos, sabemos su vida y obra, recordamos sus frases, nos reímos con sus ocurrencias y aplaudimos sus actos de justicia. Cosa rara estos presidentes que cuando alguien los amenaza, salimos todas las gentes de bien de Latinoamérica a defenderlos.  Porque somos familia, sí.

Digo cosa rara porque capazmente estábamos acostumbrados a esos presidentes lejanos, elegidos por el Pueblo pero tan distantes de él.  Presidentes lamebotas de los yanquis, del FMI, tan afectos a los ajustes, las medidas antipopulares, de impecables trajes y corbatas y camisas con gemelos, tan de buenos modales,  tan prestos a proteger corporaciones, bancos, poderes fácticos, especuladores, empresas multinacionales.  Tan hábiles para hacernos pagar a todos las deudas de unos pocos.  Presidentes que miraban con asco al Pueblo y con devoción al embajador de los iunaitidestéits o a un secretario de pindonga del FMI.

Entonces salen estos presidentes, saco desabrochado y mocasines, traje de fajina o camisa roja, saco ribeteado en aguayo. Salen como un ventarrón soberano, a despeinar la América tan prolijita, donde de repente empezaron a verse los pobres, los indios, los viejos, los niños, invadiendo territorios que les estaban vedados: una playa, una escuela, a veces un restaurante, un cine, un despacho. Salen estos presidentes que se hermanan, salen del Pueblo, se apapachan en él, lo sirven, lo reparan, lo educan, lo curan, lo levantan, lo dignifican. 

Y cuando uno de estos presidentes se muere, no se muere.  Porque los presidentes se mueren, la gente común se muere, los dictadores se mueren, los abogados, los contadores, los policías, los intendentes, los conductores de televisión se mueren.  Pero los líderes no se mueren, se reproducen, se multiplican, se desparraman en ese Pueblo que los parió y que sale a la calle desencajado, perdido, ajado, triste, tan triste.  Y el Pueblo llora y recuerda la operación del pibe, la casa, el trabajo, el remedio.  Esas cosas, de esas cosas te habla el Pueblo, ojos renegridos y garganta seca.

Yo, peronista nacida y criada, parida en la idea de la integración latinoamericana, el antiimperialismo, la dignificación por el trabajo y eso, podría hablar de la muerte de un político de fuste, de un estadista, un militar del Pueblo, un bolivariano, un refundador de la Patria Grande y más palabras rimbombantes, y más análisis y esas cosas.  Pero la verdad es que siento triste,  como que se me murió un tío bueno que vivía lejos. No tan lejos, después de todo.

He dicho.


¡Hasta la Victoria siempre, Compañero Comandante!

viernes, 29 de junio de 2012

SILENCIO...


Todas las palabras que se están diciendo no alcanzan para llenar el silencio, que me lleva a mi adolescencia, enancado en algún acorde. El tipo me tenía todas las mañanas enganchada a la radio, con su música, su buena onda, su cordialidad.  Corría la década del ochenta, y mientras buscaba las medias azules y calentaba la camiseta sobre la estufa de querosene, alguien me sonreía desde el flamante Crown que mi viejo había comprado con esfuerzo.

Eran los primeros tiempos de la radio en frecuencia modulada (o de modulación de frecuencia, para hablar con exactitud) y el tipo decía Piedra Libre por la FM Rivadavia, toda la mañana, todas las mañanas, y al mediodía se despachaba con la historia del Rock Nacional, una maravilla que arrancó con Sandro y los de Fuego hasta llegar a los exponentes de la época. Todos, todos los músicos y grupos de rock que hoy me apasionan los conocí gracias a Badía.  Las veces que llegué tarde al colegio por terminar de escuchar el programa, son incontables. Si mi vieja llega a leer esto alguna vez, va a enterarse de por qué me quedaba libre todos los años de mi secundaria. 

Eran mis años de rebeldía inocente, de pelear con mi viejo, tanguero y folklorero hasta la médula que pensaba que el rock era ruido, salvo aquel rock de los 50 que era otra cosa, decía.  Capaz que ayudó la Negra Sosa cuando empezó a cantar temas de León o de Piero, pero sin dudas colaboró grandemente Badía para que mi viejo abriera un poco el bocho en ese sentido, cuando pasaba música excelente que yo grababa y despues le hacía escuchar, enfundada en mis pantalones desteñidos y el suéter marrón tan grande que le causaba cierta vergüenza.

Eran años de formación, también.  Una se va haciendo también con lo que escucha.  Y algunas voces que lo acompañaban me marcaron al momento de empezar a usar mi propia voz de otra manera: María Esther Sánchez -a quien después tuve el privilegio de tener como profesora en el ISER-, María Muñoz, Luis Fuxan... Badía me enseñaba a hacer radio. No era sólo la calidez de su voz, sino también su buen decir, su respeto por el idioma, su cadencia, la transmisión exacta de emociones, de sentires, de pensamientos, lo que debe tener un comunicador.  Su generosidad, ese repartir sin mezquindad alguna, repartir los sonidos. Ese dar el espacio para que los nuevos fueran hallando su cauce y fueran conocidos por el gran público.  En la radio y en la tele.  Toda la tarde de sábado nos pasábamos mirando Badía & Cía.  Creo que no me equivoco si digo que allí fue que ví y escuché por primera vez a un Juan Carlos Baglietto de pelo largo y gorra, con una Silvina Garré morocha y ruluda cantando Era en abril y De regreso, Mirta.

Supongo que a estas horas el tipo debe estar conduciendo flor de parranda allá arriba...

Sonidos e imágenes que poblaron mi adolescencia.  Hoy se fue un pedazo de ella.  Por hoy, aún lleno de palabras, sólo queda el silencio.




sábado, 16 de junio de 2012

EL ODIO



Los peronistas conocemos el odio. Lo vimos de cerca, lo masticamos, lo respiramos en el aire sulfuroso.  Nos lo tiraron desde unos aviones mientras en nuestra Plaza desagraviábamos a nuestra bandera mancillada.  Unos años antes nos lo habían escrito en la pared, viva el cáncer. Nos lo metieron en el cuerpo con balas certeras en un basural. Nos lo hicieron decreto para que no pudiéramos ni decir ni escribir nuestras palabras, ni cantar nuestra marchita, ni ponerle una flor a nuestra santa.  Décadas más tarde nos durmieron con él, para tirarnos a un mar que se tiñó de nuestra sangre, nos desaparecieron, nos torturaron, nos quitaron nuestros hijos y los criaron en el odio.

El odio es brutal, aunque cambie de formas.  Pareció adormilado por algún tiempo, pero no.  Las formas cambian pero el odio es el mismo, es esa bilis que ahora tiene pantalla y se refleja, por ejemplo, en un enfermo de odio que insta a sus telespectadores a mandar fotos con el dedito mayor hacia arriba, fáquiú.  O en una vieja con su tapado de piel y su essen pidiendo por el dólar.  O una pendeja, qué tendrá, veinte años, diciendo que va a la plaza porque "la odiamos, la detestamos"...

Pienso en esa pobre gente, almas de mierda pobladas de odio y el objeto de su odio: el negro peronista y todo lo que ande cerca.  Porque fijate vos que en este país no hay antiradicales, ni antisocialistas, ni antitroskos, ni antiliberales.  No ya, al menos.  Cierto es que los hubo antes, pero desde aquella irrupción inevitable de la negrada cruzando el riachuelo, nadie se define por el "anti".  Sólo los antiperonistas, excepción hecha de la Alianza Anticomunista Argentina que también persiguió y asesinó peronistas.

Ahora el odio es "anti-K".  Es igual de brutal en su esencia, aunque no use balas ni bombas, para simularse un poco. Repta por los canales diciendo que lo mejor que podría pasarle era quedar viuda, que en el cajón no estaba el cuerpo, que Fuerza bruta organizó el velorio, que la AUH se va en el juego y la droga, que lo de la operación fue en realidad un refresh, que no hacía falta traer al pibe en el Tango 01 por un problema en la rodilla (lo cual denota que además del odio tienen un grave problema de ignorancia pero eso ya es otro cantar).  Eso, en público.  En privado el odio se hizo brindis aquella mañana de octubre en que los negros llorábamos sin consuelo, se hizo lamento cuando el tumor no fue cancerígeno, se hizo vómito cuando la vieron volver y seguir gobernando.

Pienso en esa pobre gente destilando su odio por los canales, por las calles, por Nuestra Plaza.  Dicen que es el dólar y la corrupción y la inseguridad y lamarencoche.  Nosotros sabemos que es el odio.  El odio porque esos negros que llegaron a estar desclasados ahora pueden pensar en un futuro para sus hijos, en un estudio, en una casa, en unas vacaciones. El odio porque quedan desubicados como pickle en pan dulce haciendo tachín tachín con la essen en un país donde el amor se hizo mayoría.  El odio que se les ve en esas caras, en esos rictus feos, decididamente desagradables, que no alcanzan a disimularse con las cirugías.  

Pienso en ese pobre Agustín de la foto (¿tres añitos?).  Hay que ser muy hijo de puta para criar a tu propio hijo en el odio y para mandar la foto y que salga en la tele.  Pobre Agustín, va a crecer en un país infinitamente más justo, más inclusivo, más solidario y no va a poder disfrutarlo, porque de chiquito nomás le enseñaron a odiar y a expresar su odio con ese dedito.  A lo mejor tiene suerte y un día, a fuerza de amor, le enseñamos que tiene Patria, que en esa Patria que es suya hay alegría, hay bombos, hay bailes, hay fiesta, todas esas cosas que nos han querido quitar y que tozudamente hemos conservado a golpes de justicia social, a empujones de igualdad.

Los peronistas conocemos el odio, sí.  Lo hemos sufrido, lo seguimos y lo seguiremos sufriendo en carne propia.  En carne.  Nos dio, nos da y nos dará bronca, indignación, tristeza, rabia.  Y qué vamos a hacerle. Enseñarle a nuestros hijos a vivir con alegría, a ser felices cuando todos estamos mejor, cuando los humildes avanzan, a luchar por un país mejor para todos. Porque eso le enseñamos los peronistas a nuestros hijos, que salen en la tele haciendo la V, bailando, riendo, agitando banderas argentinas, orgullosos de su Patria.  Nada más que ponerle amor, justicia, hermandad, reparación, grandeza. Eso hacemos los peronistas.

He dicho.




sábado, 3 de marzo de 2012

LA SEÑORA DE ENFRENTE

La señora de enfrente es mala. Siempre me hace quedar como un pelotudo. Yo no sé por qué lo hace. Debe ser que me envidia porque yo sé vivir y tomarme un descanso cuando lo necesito. Ella no sabe lo difícil que es manejar esta ciudad, y que por eso de vez en cuando necesito descansar un poco.

Es mala, me hace las cosas a propósito. Yo me levanto tempranito un día y voy a ese lugar donde hay unos amigos míos (y otros que no son amigos) sentados así en redondo y me leo el discurso que me armó Jaime. Me tomó como diez o quince minutos, porque me lo escriben en letras grandes para que no use los anteojos. Bueno, lo leí, o algo así, después de todo soy ingeniero, no tengo por qué saber leyes ni leer taaaaaaaaaaannn bien. ¿Y ella que hace? Va y se larga un discurso como de tres horas, la señora, y cuando tiene que leer esos numeritos que son un montón y me marean, se pone anteojos que dan re intelectual. ¿Y yo qué? Quedo como un pelotudo

Yo le devuelvo los subtes por conferencia de prensa y ella dice que eso no se puede (qué, Jaime, ¿no se puede?... es que son tan lindas las cámaras...). Y que el contrato y que bla bla. Y yo quiero que me dé los subtes con la plata y los policías, y todo eso. ¿Por qué me dice que no? Si cuando papá me regalaba un auto me lo daba con los vales de nafta... (qué, Jaime...¿me depositó los subsidios? esteeeeemmmmm) Bueno, la policía, dice que me mandaron una nota, que tengo que organizar 240 tipos... (ayyyyyyyyyy Jaimeeeeeeeeeeeeeeeeee ¿qué le digo??? Ma sí, yo le digo que la ministra le mintió y que el subte funciona 85 horas al día y que necesito un montón de policías y que el turno adicional es de dos horas y cuarto) Y que también quiero polis para las bicisendas. ¿Cómo que las bicisendas no llegan a ningún lado? Qué, ¿tenían que llegar?

Es mala. Se pregunta si yo recién ahora me entero de que los coches de la línea A tienen más de cien años. Qué, ¿tenía que saberlo? Soy ingeniero y tengo plata y ando en auto. Qué, ¿cómo me iba a enterar de que tenían más de cien años? Qué, ¿acaso yo tengo que saberlo tooooooooooodo, eh? ¿No tengo derecho a no saber algo? Me parece que voy a quejarme ante el organismo ese que te defiende ante la dis... dis... ¿cómo era?

Ella no quiere dejarme que yo gobierne la ciudad. Ella quiere que yo haga cosas pero no me da plata ni una extensión de la tarjeta como me daba papá, ni me apapacha para ir a hacer noni. Es de mala nomás. Ella tiene la culpa de todo todo todo. Del paro de subte y de las inundaciones y de los edificios que se me caen y del lío que me arman los manteros y de que el subte esté lleno de pungas y que lo usen los de Matanza, y los de Varela (los de San Isidro no hay problema), y que los hospitales se me llenen de bolivianos y las escuelas de chicos de Villa Fiorito. Ella es mala. Y se la pasa inaugurando un montón de cosas porque tiene la plata que no me da, y eso. Y sólo lo hace para que yo quede como un pelotudo.

sábado, 25 de febrero de 2012

miércoles, 8 de febrero de 2012

QUE VES EL CIELO...

Y me sacaste de mi modorra del modo que menos hubiese querido. A pura lágrima, a pura puteada. Te fuiste y te llevaste un pedazo de mí, aquel pantalón desteñido, aquel morral, las sandalias franciscanas, aquel suéter grande que a mi viejo le daba vergüenza, aquella inocencia de los años donde empezaba a darle mamporros a la guitarra y estaba la muchacha ojos de papel y el niño dormido.


Flaco y la puta que te parió, sacarme así, yo que andaba con mis tristezas y ahora agregaste esta de no saber qué mierda hacer, dónde ir a llorar, o a fumarme un porro, mi hija que me avisa con una frase pequeña y no sabe que yo sé, y no sabe lo que fuiste, lo que sos, para todos nosotros.


Los dedos se atascan sabiendo que no van a poder escribir toda la tristeza que muerde el pecho, se viene aquel primer recital, dieciséis añitos, Obras, todos los mostros del rock nacional y vos y yo, que no podía creer que estaba viéndote, a vos y a los mostros. Un par de años más y aquel recital en Barrancas, el primero al que fui sola, no te alejes tanto de mi, ella también se cansó, y esas notas disonantes que rompían la cabeza y esas letras a veces inentendibles pero para que entenderlas sólo hay que dejarlas entrar.


Pasaron treinta años y siempre estuviste, siempre. Tengo el corazón como arrancado, todas las frases que se me ocurren son cursis porque el dolor es cursi, el amor es cursi, y qué. Trato de consolarme con eso de la gira, y que la gente buena va al cielo, y un montón de pelotudeces que no sirven para consolarse cuando te arrebatan el mi mayor y te dejan el alma en re menor.



No son los mejores días para que te me fueras a morir, flaco. Febrero empezó como el orto y así sigue. Nunca hubieran sido buenos días, pero éstos, menos. Ahora voy a salir a una Buenos Aires que va a estar más putamente gris que nunca, más chota, más triste, mas sola, como yo.


Vení, ponele una última novena, un acorde complicado, o uno sencillo, un oxímoron, una metáfora incomprensible, una desafinada si querés, un acople, ponele un poco de rock, quedándote o yéndote... quedándote...

domingo, 8 de enero de 2012

martes, 3 de enero de 2012

LA ANSIEDAD Y EL AGUANTE

Una quedó medio grogui en ese maldito momento. La palabra, esa puta palabra mordió el estómago. Una no se anima a decirla, y menos a asociarla con ella. Pero la puta palabra existe, es y está. Y es la desolación, el aturdimiento, lo inentendible, lo obsceno, es un "¿qué más?".

Después del bombazo, una empezó a rezarle al Gauchito, que nunca escamotea la ayuda. Como una primera reacción, se aferra al pensamiento mágico, la fe, o como corcho quieran llamarle. Y encuentra un primer refugio, en el sentimiento compartido por tantos, en la estampita querida que una la regaló y sospecha que ella guarda.

Más tarde vino la admiración. ¿Cómo hace esta mina? ¿Cómo mierda hace para bancar todo de pie, sin retroceder un tranco de pollo, como dice ella, sin aflojar ni bajo el agua? ¿Cómo hace, si una, apenas tiene cualquier mierdita rara que le sale en el cuerpo, desde una verruguita hasta un ganglio inflamado, ya se caga de miedo? ¿Cómo hace para desdramatizar una situación que es dramática por el sólo hecho de involucrar esa palabra que no quiero nombrar? ¿Cómo hace para sonreír, bromear, gastar a su vice, firmar un papel?

Enseguida sobrevino el asco, cuando -féisbuc mediante- una empezó a ver como revoloteaba el buitreraje, cómo los cerdos de siempre festejaban, se reían, se mofaban. Capaz que están esperando una muerte como el último recurso para lograr lo que no logran con los votos, con las tapas de clarín, con agrogolpes. Si eso esperan, que se busquen un banquito.

Hoy está definitivamente la ansiedad, acompañadita por el aguante. Allá están los compañeros que necesitaron amucharse, abanderarse, esperarla y mostrarle el amor del Pueblo, para que sepa lo que ya sabe, que no está sola en su soledad. Acá estamos los que -en ocasiones- necesitamos el silencio, el retraimiento, una estampita, el puto noticiero. Todos, todos, con la ansiedad de escuchar el parte médico que diga que todo salió bien, que ya pasó, porque por más que nos hagamos los machos hay como un miedito innombrable. Todos, todos, haciendo el aguante, como podemos, cargando con nuestros temores, con nuestras historias, porque a todos nos ha tocado de cerca alguna vez, un familiar, un amigo, alguien muy muy querido. Y ella no es ni un familiar ni una amiga, es una presidenta y es -vaya cosa rara- una presidenta muy muy querida.

La ciencia hará su parte. Ella estará sola allí, frente al bisturí. Tan sola como esa mañana frente al espejo, tan sola como en esa foto junto al ataúd, tan sola como cada noche cuando se mete en la cama. Pero a la vez tan acompañada. Como esa mañana frente al espejo, como en esa foto junto al ataúd. Acompañada por Néstor y por el amor de todos nosotros, que vamos a estar con los huevos en la garganta hasta que ella nos sonría otra vez.

Y ella nos va a sonreir, claro.

He dicho

viernes, 9 de diciembre de 2011

FRENTE AL ESPEJO

Es la tarde. El sol se acuna lento, como hamacándose, espiándola por última vez hasta mañana, cuando la vea a pleno. La chica acomoda prolijamente todas sus cositas bien a mano. Repasa una y otra vez. Los zapatos de taco, nuevitos, brillantes, tres pares de medias porque siempre alguna se corre, en medio de los nervios. El vestido impecable, el saquito, que va a hacer calor pero siempre hay que tener un saquito. El collar de perlas, los aros, los anillos, las pulseras... todos puestos así, uno al ladito del otro, sobre el tocador. El estuche con los maquillajes: la base clarita, el tapaojeras, el rubor suave, el brillo labial, las sombras, el rimmel y el infaltable delineador. Todo perfectamente ordenado con esa serenidad inquieta de los preparativos de una gran ocasión. Una ocasión esperada, para brillar, para ser el centro de las miradas. Las mujeres sabemos hacer de eso un rito que no se compara con nada. Mañana va a estar linda, sí. Mañana van a quedar boquiabiertos todos los hombres del mundo, de su mundo, porque mañana el mundo es de ella. Mañana todo el mujeraje de la comarca la va a envidiar, sana o maliciosamente, la va a envidiar.

Hace días, o meses, o años, o toda su vida, que la chica se está preparando. En verdad, no es esta su primera gran ocasión, pero es tan especial que le humedece los ojos, le cimbra el aliento, le provoca ese nudo en el estómago. Todo el mundo revolotea, ajustando los últimos detalles para la fiesta. Las flores, las alfombras, los adornos. Todas esas cosas de las que se ocupan otros, porque la chica necesita cierta ajenidad para relajarse, aunque no mucho, no es su costumbre. Ella camina despacio por la habitación, recibe algunos llamados, mamá que pregunta si todo está bien, alguien que le alcanza un té, los chicos que regalan el mimo indispensable en el momento más díficil. Ella vuelve sobre sus pasos, piensa qué va a decir, teje ideas, se acomoda el pelo, tal vez se descalce y se tire un rato en el sillón.

En su soledad tan habitada desfilan los fantasmas queridos, las caricias ausentes, los tiempos del jean y la camisa a cuadros, los mandatos, los legados, las alegrías tamborilleadas, los amigos que sonríen desde la lejanía tan cercana de aquellos días. Con su último resuello, el solcito tenue alcanza a ver cómo aquella soledad se puebla de sonrisas desdentadas, cachetones morochos, pelos chuzos, de manos callosas, patitas flacas, sienes plateadas, delantales blancos, banderas, tantas banderas. Ahí, en esa soledad, ella lo sabe, están las mamás, los pibes, los viejos, los putos, los machazos, los pendejos, los obreros, las embarazadas, los estudiantes.

La chica sabe que están todos ellos y no está sola en esa soledad. Lo sabe y sonríe con esa sonrisa leve, apacible y diáfana. Se mira al espejo, se mira las manos, se acomoda el flequillo. Llaman a comer. Después, muy después, vendrá el descanso. Y la mañana, el desayuno liviano, sentarse frente al tocador, humectar la cara, esparcir la base con la esponjita, mirarse, pensar... todos los pensamientos se condensan en esos largos minutos, cuando una se maquilla. El lápiz pasa por el párpado rebelde que se inquieta con algún recuerdo, la sombra del mismo color de la ropa, o de un color neutro, en el centro del párpado, y un poco de profundidad en los bordes, así es. Las pestañas se arquean al paso implacable del cepillito del rimmel. Alguna broma de Néstor sale de la bruma e instala la sonrisa justa para que se deposite el polvo de rubor sobre las mejillas. Los retoques definitivos, la peluquería, vestirse despaciosamente, una última mirada al espejo, los besos que empiezan a afectar el maquillaje, los abrazos que capazmente arruguen un poco el vestido, los buenos augurios, las medias de repuesto en la cartera.

Y mañana iré a verla, vamos a ir todos los que le habitamos la soledad. Vamos a ir con toda esa furiosa alegría que ya no podemos contener. Vamos a ir a verla porque es la chica de todos. Vamos a ir a verla porque es su día y el nuestro. Ella terminó con sus preparativos y nosotros también. Vamos a ir a verla, sí. Y va a estar linda, tan linda cuando apoye su mano sobre la Constitución y jure...

lunes, 5 de diciembre de 2011

EL REY DE LOS BOLUDOS

Hace mucho, mucho tiempo, en un país lejano llamado Clarinlandia, había un boludo. Era un boludo importante, con título y con un culo en cuatro dimensiones, lo que le valió que lo eligieran vicepresidente.


El boludo andaba por la vida creyéndose un patriota, presumiendo de republicano, tragándose sin agüita la dorada píldora que le proveyeran don Magnetto y sus secuaces, suponiéndose el jefe accccc-soluto de la santa oposición y aledaños. Le faltaba el tutú para creerse primera bailarina del Colón, vea.


Cuenta la leyenda que el boludo empezó a suponerse fundamental para la Patria el día que traicionó el mandato popular votando en contra del gobierno del que formaba parte, escondiendo su flagrante defección tras las polleras de sus hijas, que así de cagón es. No contento con eso, desoyó durante dos largos años el clamor multitudinario que le aconsejaba retirarse mentando a la progenitora que lo había traído al mundo (con esos modos tan impropios que tiene la negrada). El boludo se atornilló al sillón que le habían prestado y así transcurrió esos meses, con más pena que gloria.


Tan creído andaba el boludo, que llegando al final de su mandato despreció otra oportunidad histórica: la de dar un paso al costado ante el aluvión de votos de la última elección presidencial. Pero no, el boludo no sólo no dio el paso al costado, sino que porfió en su capricho y, con un ancho falso en la mano cantó retruco y se levantó para mojarle la oreja a mi Presidenta, diciéndole que si quería que no estuviera en la ceremonia de reasunción, se lo pidiera personalmente. Mi presidenta orejeó sus cartas, y con ancho de espadas, el de basto y el siete de espadas, muy tranquilamente susurró quiero vale cuatro, y lo mandó a cumplir con la Constitución y tomarle el juramento. Desde arriba de la palmera.


Así es que dentro de cinco días, el gran boludo argentino será coronado Rey de los Boludos, cuando se retire del recinto por la puerta de atrás, en medio de una silbatina generalizada, en busca de las polleras de sus hijas, luciendo impertérrito su bonito helado en la frente.


He dicho.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

EL FULANO...

Capazmente sea que una está más tranquila después del yeguazo, como que puede relajarse y tomar mate por unos días, que detrás de la niebla siguen acechando los gorilas pero hay un ambiente de calma y sosiego que puede permitirle a una escribir otras cosas.

Será eso o que una anda así, emocionadita de estos días, bienquerida, bienqueriente, dejándose acariciar un poco por la vida después de tantos magullones y otras caricias que se fueron, y que hubo que aprender de nuevo cómo era eso de estar pensando en alguien que te piensa, que te siente, que sabe cómo te gusta el café, no olvida llevarte la pimienta negra a la mesa, ni el vaso de agua al dormitorio o sí, se lo olvida pero se da cuenta.

Será eso o será nomás que el fulano cumple años, y hay algunos testimonios casi inobjetables que hablan de que alguna vez fue niño, y una no entiende el tiempo verbal que utilizan, será que no le ven los ojos en ciertas mañanas, o no escuchan el continuado de pelotudeces que es capaz de decir en esas mismas mañanas, cuando se despierta con una de esas contenturas. Pero supongo que hablan de otra niñez, de un naranjo que no sabemos si es naranjo, de correrías, de tarta de manzanas, el mujeraje amasando los ravioles, un papum como el de la foto -que de qué otra manera puede llamarse algo que cuando suena hace papum- provocando las protestas justificadas de la familia e anche el vecindario, y un tren cercano.

El fulano que cumple años es un oxímoron caminando. Tan contradictorio es, que es coherente hasta la puta madre, esas coherencias que tienen que ver con el hacer y el sentir, y no con lo que uno pueda andar palabreando cuando abren la puerta para ir a jugar. Y tuvo la precaución de andar las mismas calles, las mismas plazas, hasta la misma parroquia por la que anduve yo, todo diez años antes. Dicen las malas lenguas que es que me andaba huyendo hasta que para su desgracia lo alcancé y aquí estamos, encompañerados a pesar suyo. Y eso, en estos días, tiene el olor de unos gritos colectivos saltando en la nueve de julio, la música de un chori bien cocido, compañero, por favor, el color de unas lágrimas que mezclan alegría y tristeza, el sabor de esos brazos al caer la tarde, la textura dulce de un beso con llanto después del deber cumplido.

El fulano sabe mirarme así de abajito, sabe abrazarme a distancia, cuando me ve arriba de un escenario y le percibo el pecho ancho, inflado, la sonrisa relajada, y como un cartel en la frente que dice "dueño". Sabe hacerme reír hasta que me duele la cara y, créanme, me gusta mucho pero mucho reir. Sabe hacerme pensar y repensar cosas que a veces una cree que ya tiene demasiado pensadas, y el fulano viene y me hace darles otra vuelta de rosca. Sabe bancar a la Susanita y la Mafalda que conviven en mí, y darse cuenta de cuál gana momentáneamente. Y apostar a la otra, claro. Y entonces le pide a Susanita que lo ayude con un texto para una adhesión y a Mafalda que le haga el lemon pai para el cumple, éxito garantizado si tenemos en cuenta aquello de la contradicción. Y sabe, como nadie, soportar mi andar achaqueñado, ese ritmo provinciano tan mío, en medio de la vorágine porteña de la cual es parte, igual que yo.

Una nunca termina de acostumbrarse a ser tratada como se merece. A ser cuidada y querida, deseada, sostenida, discutida a veces, por un fulano que también viene maltrecho, quién no a cierta altura de la vida, pero se va dejando. Y viene con sus ideotas y todo el rock encima, con los dolores, ese dolor, que a veces se le cuelan en una sombra en sus ojos chiquitos. Con los recuerdos de un puré de zapallo y el correspondiente enchastre, con el orgullo de unos críos que iluminan el aire a fuerza de pelotudeces concatenadas, porque la herencia es la herencia, qué tanto, que aman, discuten y crecen.

Al fulano no le gusta mucho celebrar su cumpleaños. Será que no entiende que habemos algunos que le queremos festejar el hecho de estar vivo, de que haya venido a revolvernos el pelo, el alma, la vida. Y bue, su problema. Yo tengo un merengue italiano que batir en su honor.



He dicho

martes, 1 de noviembre de 2011

jueves, 27 de octubre de 2011

EL TIPO (y yo)

Aquel 27 de abril le fiscalicé en una escuela de Quilmes. O le quise fiscalizar, porque a mitad del día me sentía muy mal, muy débil, y me fui a casa. Al otro día, al médico que me dejó internada, sin entender cómo podía estar parada teniendo poco más de dos millones de glóbulos rojos. Así estaba yo cuando el tipo entraba en el ballotage, anémica hasta la puta madre.

Mis compañeros de Quilmes le tenían fe. Yo, no mucha, machucada como estaba de tanta derrota, de tanto hijo de puta que había hecho mierda mi partido y mi Patria. Pero a los pocos días, Me*em se bajó y el tipo habló por radio. Yo lo escuché cuando venía en el Roca y me quedé dura. Este tipo me gusta, este tipo es el tipo, me dije. Y empecé a creer un poco. Llegué a la legis y le dije a Pablo "el tipo es kirchner". Nadie le confiaba mucho, por el tema de que lo había "elegido" Tachuela, a ninguno nos gustaba eso, pero bueno, es lo que hay.

El 25 de mayo no fui al Congreso. Lo vi por la tele. Dije "el tipo está loco" cuando lo vi jugar con el bastón. Escuché atentamente, escuche a un tipo que se declaraba hijo de las Madres de Plaza de Mayo y decía que no iba a dejar sus convicciones en la puerta de la Casa Rosada. Y ahí el tipo se convirtió en mi Presidente.

Un par de días después, el tipo le pegó una patada en el culo a toda la cúpula militar, incluido Brinzoni, al que le pegó un sosegate cuando el milico se atrevió a cuestionar la decisión presidencial. Con eso desarmó el arreglo que había abrochado Tachuela y me demostró que no era ningún chirolita.

Pasaron los días, los meses y el tipo seguía construyendo Patria. Bajaba las leyes de impunidad, hacía bajar el cuadro, mandaba a la mierda al FMI, al ALCA, que no nos vengan a patotear, le dijo en la propia jeta a Bush. El tipo estaba loco y se ganaba mi corazón a puro huevo.

El Pueblo empezaba a ser feliz y la Patria, grande. Tan grande que entraban los países hermanso a quienes siempre le habíamos dado la espalda. Yo no podía creer lo que pasaba, pasaba lo que siempre había soñado, Latinoamérica se unía poniéndose de pie ante el imperialismo. Y era obra de este tipo.

El tipo dejó el sillón y nos dejó una Presidenta de puta madre. Nos mintió un café literario, cagándose de risa, como era su costumbre, qué lindo es recordar cómo se reía.

Vino la andanada destituyente y el tipo se calzó los guantes para defender a su compañera y a las instituciones. En ese tiempo se armó Carta Abierta, y yo empecé a ir, simulando que era una intelectual, já. Un día me dice Coco Plaza "viene Néstor". Naaaaaaaaahhhh, me jodés. Y sí, el tipo vino, y el Coco, que es un compañerazo, le dice "flaco vení, te presento a una compañera". Y el tipo viene, me saluda, se saca la foto conmigo. Y no se saca la foto así nomás, me abraza, me pone en el hombro su mano pesada, me pega el cuerpazo, lo abrazo de la espalda y siento al tipo ahí, como cuidándome, como que nada malo puede pasar, como un hermano mayor que está dispuesto a cagar a trompadas a cualquiera que se te acerque.

La otra vez que lo tuve cerquita fue cuando tuve que conducir un acto del Frente Transversal en el Luna. Reproduzco acá lo que escribí en aquel momento:



"...Y empiezan los discursos. Y el infarto tan cerquita… Porque te cambian mil veces la lista de oradores. Porque cinco tipos te dan órdenes y contraórdenes simultáneamente. Y alguien tira la bomba: “en veinte minutos llega Néstor” ¡Aaaaaaacabáramos! Un sobre con ántrax no causaría el mismo efecto. Viene Dios.

Los monos de Dios, que ya estaban en el escenario, cobran vida. Y empiezan a darte órdenes. A vos y al pinta de nabo que por un momento cree, pobre, que él va a anunciar la llegada de Néstor. Que ya está ahí, parece. Tenés que anunciarlo. Tenés que decir lo que los muchachos más quieren oirte. Y vas, exultante, y les gritás que preparen los bombos y las gargantas porque llegó el compañero Néstor. Y los muchachos explotan. Y empiezan a corear, mientras en el escenario alguien te dice que no y todos los demás se dan vuelta hacia el lugar por donde va a entrar Dios. Ahí caés en la relatividad del tiempo. Los segundos más largos del día. No sabés cuántos son, parecen interminables esos segundos en los que Néstor no aparece y vos vas pensando cómo mierda hacés para decirle a los muchachos que no, que no está, que mientras seguimos esperando va a hablar Depetri, o va a cantar Copani, o les vas a pasar una receta de cocina.

Pero ahí entra Néstor y el alma te vuelve al cuerpo. Canta Copani, habla Depetri. Cierra Néstor y lo tenés que anunciar. ¿Y qué carajo decís? Entonces un rayo catódico te alumbra la neurona y gritás la frase que al otro día sale en Clarín: “Habla el artífice de la recuperación de la Patria…. ¡¡¡compañero NestorrrrrrrKiiiirrrrchneeeerrrr!!! Lo decís convencida y abajo lo escuchan convencidos. Ya está. Te podés morir si querés, mientras los muchachos explotan y los de la tribuna norte empiezan a irse, carajo, ¿para eso rompieron tanto las bolas
?

Después de aquello, la derrota del 2009, seguía la construcción de la Patria Grande, el tipo se va a la Unasur, es un mostro que crece y se gana todo, ya no sólo mi corazón.








Y el día, hace un año. El tipo, que está loco, va y se muere. Puta madre. ¿Qué hacemos? ¿Qué hago? Viene el abrazo de mi hija, que me contiene, puta madre. Busco el hombro de mi compañero, desolado como yo, puta madre. Nos vamos a la plaza los tres, nos encontramos con decenas de miles, todos hechos mierda como nosotros, puta madre. Nos comemos quince horas de cola y no, no llego, el cuerpo dice no y me desmayo, recontra puta matre. La Patria queda desprotegida ¿queda desprotegida? No. Ni la Patria ni yo quedamos desprotegidas. Ni los viejitos, ni los pibes, ni las mujeres, ni nadie. Nadie queda desprotegido porque queda Ella, ahí paradita en medio de su dolor, custodiada por el Pueblo, por nosotros, que el domingo triunfamos, que ayer triunfamos metiendo en cana a los genocidas. Ella y nosotros. Y ni Ella ni nosotros aflojamos, porque eso, eso nos enseñó el tipo.








He dicho

miércoles, 26 de octubre de 2011

LIMPIANDO LA PATRIA...

Tallada: 25 años
Montes: perpetua
Tigre Acosta: perpetua
Pernías: perpetua
Astiz: perpetua
Scheller: perpetua
Rádice: perpetua
González: perpetua
Savio: perpetua
Cavallo: perpetua
Donda: perpetua
Coronel: perpetua
Weber: perpetua
Fotea: 25 años
Capdevilla: 20 años
Azic: 18 años


Hoy hay un poco menos de mierda por la calle

¡30.000 compañeros detenidos desaparecidos, PRESENTES!

Esto también se lo debemos a él.

He dicho

martes, 25 de octubre de 2011

NO PARAR DE REÍR

Y sí. ¿Por qué parar? ¿Cómo no reír hasta el cansancio cuando estuviste todo el día laburando, esperando ese momento glorioso de abrir los sobres y empezar a contar los votos? ¿Cómo no reír si cuando terminás tu tarea pasás por la casa a dejar el mate y justo prendés la tele y ahí está la bola naranja anunciando su resistencia al régimen, algo occccvio a juzgar por su figura? ¿Cómo no reír si hasta te animás a hacer estos chistes fáciles y pelotudos sin sonrojarte?


No parar de reír, porque te acordás de las señoronas de barrio norte saliendole a cacerolear a tu presidenta, llevando a las sirvientas a aquellos actos destituyentes, te acordás de aquella tristeza sin mensura del 2009, del odio que te provocó la cara de satisfacción de Santo y María laura anunciando la derrota, si tenías que guardarte en la discusión con tus parientes que te aseguraban que Cristina no llegaba a fin de año, igual que los periodistas, los politiqueros, el verdulero, el tachero, guardarte con tus parientes porque el tío es grande y bueno, le cree a Clarinete y vos qué le vas a decir, no querés discutir con tu tío porque lo querés hasta la mierda, ida y vuelta. Y hoy sabés que el tío debe tener una bronca bárbara, porque es gorila pero buen tipo, siempre fue bueno, hoy debe estar amargado y capaz algún día se de cuenta de que seremos incorregibles como decía Borges, pero hacemos cosas buenas para el país.



No parar de reír porque ya te lloraste todo hace como un año, cuando el Flaco nos dejó sin previo aviso y vos te quedaste así, hecha pelota, como todos los compañeros, como Ella, que te mostró cómo había que hacer de tripas corazón y seguir laburando, dejando con la ñata contra el vidrio a todos los boludos que pensaban que con semejante golpe, Ella no iba a poder seguir.



No parar de reír cuando vas caminando hacia el hotel y llegás a la Nueve de Julio y empezás a sentir los primeros bocinazos, y ves el aluvión zoológico que marcha hacla la Plaza una vez más, exultante, rebosante de esa alegría primaria que sale de todo peronista en forma de vivaperóncarajo, dedos en ve, salticados en la vereda, gritos desde los micros, agite de banderas, y risas, risas, risas. Y alzás los ojos y ves a la Eva inmensa que parece estar gritando el triunfo igual que vos, y le hacés la ve como saludando con todas tus tripas.



No parar de reír cuando te amontonás con la gente, con los morochos y morochas que vienen quién sabe de dónde, ya no es el subsuelo de la Patria sublevado, ya no es sublevado, ahora viene a festejar. Cuando te aprietan, te empujan, te comentan números, te comentan reacciones de los derrotados, se hacen chistes, tan fáciles como el del principio de este posteo. Cuando ves a los pibitos sobre los hombros de sus padres, una nenita me acuerdo, con sus ojos grandes y marrones, sus rulitos que llegaban a los hombros, contenta capaz que sin saber por qué. Cuando ves a los pendejos, y te ves a vos misma a esa edad, cuando comenzaste tu vida política con una violenta derrota y estos pibes qué suerte tienen, empezar así.



No parar de reír cuando ves esos viejos peronistas, gente grande grande, entrada en canas hace mucho tiempo, con los ojos húmedos, capaz que ya no creían que este vientito fresco podía volver a la Patria, esta Justicia, este crecimiento, esta reactivación de la industria, todas esas cosas que los peronistas nacidos y criados aprendimos como un catecismo y que ellos vivieron. Y ahora lo están repitiendo. Quién sabe cuántas cosas hay detrás de esos ojos lloricosos.



No parar de reír cuando ves la fila para el choripán y tu hombre dice que es muy larga. Zapallito mío, ¿qué otra cosa tenés que hacer esta noche que no sea comerte la fila y clavarte un choripán como Perón manda? Y el tipo que va y le pide al choripanero dos que estén cocidos y vos no podés creer que esté pidiendo eso, el desubicadito, y menos podés creer que el choripanero le diga "dame un minuto" y le encaje el chori medio crudón al flaco de atrás.



No parar de reír cuando querés salir un poco de la marejada y buscar la pantalla, porque querés verla, querés verla y ni en pedo vas a poder llegar a ver la pantalla así que te conformás con escucharla, en esa Plaza tuya, en esa Plaza de nosotros, Pueblo riente.



No parar de reír cuando te vas de la plaza y cruzás Bolívar y llegás al triangulito ese y te parás y agarrás el pecho del fulano tuyo y llorás, llorás y llorás porque qué bueno es estar con él y porque no podés parar de reír.



No parar de reír cuando casi ni podés caminar y vas saliendo del quilombo, y volvés a cruzar la Nueve de Julio y ahí está la Eva otra vez, la de los humildes, que sonríe, plácida y satisfecha, y le hacés la ve como saludando, con todas tus tripas. Cumplimos, Señora, ya podemos ir a descansar. Y seguís el camino a casa, y no parás de reír.


He dicho.

lunes, 24 de octubre de 2011

Yasssstá...

Ya nos levantamos tempranito ayer, fiscalizamos, nos comimos los nervios, hicimos las cuentas, llevamos las carpetas al comando, festejamos, y nos fuimos a dormir pasadas largamente las dos de la mañana.

Hoy, la legis está cerrada porque ahí se guardan las urnas, así que no tengo que ir a laburar. Así que siendo las seis de la tarde recién termino de almorzar, así que estuve tooooooodo el día haciendo fiaca, fiaca y más fiaca. Yo que tengo la oportunidad, no me la voy a perder. Y puedo hacer fiaca, sobre todo, TRANQUILA. Total, yassstá, ya aseguramos nuestro gobierno por cuatro años más.

Mañana, capazmente haya algo por acá. Hoy, solo fiaca.

He dicho.

domingo, 23 de octubre de 2011

URNAS




UNA VEZ, UN HIJO DE PUTA LAS GUARDÓ...






OTRA VEZ, OTRO HIJO DE PUTA LAS QUEMÓ...




ESTA VEZ, EL PUEBLO ARGENTINO LAS VA A REVENTARRRRRRRRRRRRRRRR!!!

sábado, 22 de octubre de 2011

VÍSPERAS

Me gustan las vísperas desde que era chiquita. Es como el olorcito del café que llega en bandeja, como el sonido profundo de las copas antes de que el tinto y los ojos del bienquerido inunden el alma, como el primer acorde de una canción que escuchamos por la radio y nos disponemos a disfrutar, como el ta ta ta ta ta en el timbre que anunciaba la llegada de mi viejo con los bolsillos llenos de caramelos, como el temblor del pibe que espera la llegada de la chica el día que se le va a declarar.

Las vísperas de mi cumpleaños eran algo fabuloso. Colgar las guirnaldas en el comedor, una de tríangulos que decian feliz cumpleaños y las de papel crepé que armábamos nosotros, comprar el jamón y el queso para rellenar los sacramentos, mi vieja en la cocina preparando la torta, planchando el mantel, mi viejo que a la noche traía las últimas cosas, mis hermanitos muertos de envidia porque la homenajeada esta vez era yo. Toda una preparación infernal para una fiestita que no duraba mucho más de dos horas, sin payaso ni toda esa parafernalia porque en aquella época medio que no se usaba mucho, y si se hubiera usado mis viejos no podrían pagarlo y además no entrábamos todos en un dos ambientes.

Las vísperas del primer día de clases también estaban buenas. Forrar los cuadernos con papel araña azul, sacar punta al lápiz negro, a los de colores no porque ya venían con la punta sacada. Pero con la gillete mi mamá les hacía una feteadita en la parte de atrás para que yo pusiera mi apellido. El olor de los cuadernos nuevos, del plástico de la cartuchera, acomodar todo en el portafolios de cuero marrón claro. Mi vieja planchaba el delantal de tres tablas y lo dejaba en una percha colgado, anhelante. Los zapatos guillermina perfectamente lustrados, las medias azules bien dobladitas, la cinta azul para el pelo también planchadita para que el moño quede impecable.

Otras vísperas lindas eran las de Reyes. Había que escribir cartita, jurando y perjurando haberse portado bien ese año, cosa no siempre cierta, más bien nunca, recorrer el barrio juntando pastito para los camellos, lustrar bien los zapatos, que queden brillantes para que a los reyes les guste, poner el pastito y los zapatos y el agua al lado de la puerta e irse a dormir tempranito porque a los reyes no les gusta que los vean y además así el tiempo se pasa más rápido y llegaba la mañana de regalos, ojalá sea un libro de la colección Robin Hood, puede ser El Príncipe Valiente, o Sandokán.

Las vísperas de un viaje tengo tambiém. Un viaje que me llevaba mil kilómetros al norte de mi vida, de mi gente, de mi amigos, de mi parientes, del viejo, la vieja, mis hermanos, hacia una provincia olvidada, postergada, un pedazo de suelo argentino que siempre me había llamado la atención en el mapa por su forma de caballito. Tener el pasaje para ir en tren, cargar los libros más importantes, toda la ropa. Hacer el avío que era al mismo tiempo cisura y raigambre con este Buenos Aires querido y odiado. Ver los ojos infinitamente azules del viejo que apoyaba mi decisión con todo el generoso dolor del que pueda ser capaz un padre, porque él también apostaba a que allá, entre chivatos y viento norte, encontraría la alegría del amor en unos ojos negros y buenos, y mi propio camino. No saber, no saber, que en un gesto de amor casi primario, la vieja había deslizado subrepticiamente un frasco de nescuik y otro de azúcar, que fue su forma de decirme que me quería, impedida como estaba de ponerlo en palabras, siendo, de hecho, que no me hablaba desde hacía dos semanas, cuando supo que la ida era cierta.

Las vísperas de un estreno. Despertaba a veces aterrorizada después de soñar que me había olvidado la letra o me faltaba el vestuario. El último ensayo, sin cortes, descubriendo vericuetos del personaje hasta último momento, sabiendo que iba a seguir descubriédolos en las funciones. Anotar todo, para no olvidarse ni el trapo ni el vinagre para pasar al escenario antes de la función, así viene mucha gente. Las indicaciones de Hemilce, la mejor directora que tuve en mi vida, la que sacó lo más brilante de mi vida como actriz. Intuir que allá, en la última fila, iba a estar el viejo aplaudiendo como cuando actuaba en Buenos Aires, orgulloso de esa hija que cumplía sus sueños. Asegurarme de no tener nada amarillo, de que estén todos los maquillajes, de no coserme nada con la ropa puesta. Soñar con el aplauso del público, que siempre agradece lo que se le brinda desde las entrañas. Y el nudo, el nudo ese, indescriptible, en la boca del estómago, el temblor de patas que iba a durar justito justito hasta el momento de poner el pie (derecho) sobre el escenario, para que la magia llegara y por una hora y pico todas esas personas creyeran una historia.

Mucho más acá en el tiempo, recuerdo las vísperas de mi parto. Todo un día internada enchufada a la oxitocina porque la piojosa no quería salir y la placenta ya no le servía para nada. Todo un día hablándole para que dejara la fiaca y saliera de una vez, que yo tanto la esperaba. Todo un día cagándome de risa cada vez que venía mi doctor y la peridural metétela en el orto porque a mí el parto no me va a doler nada de nada. Creo que ya lo conté.

Las vísperas de otro viaje, que me pone quinientos kilómetros al sur de la soledad. Y pongo este párrafo en presente porque así es de presente. No sé qué se pone en una valija cuando una se va por primera vez de vacaciones con el hombre que ama. No sé lo que es irse de vacaciones con el hombre que se ama. Hará demasiado frío, lloverá, cómo será la luna ahora sobre aquella ciudad que no veo hace treinta años, y que ahora me va a devolver este tipo increíble, dulce y huraño, que se anima, se anima a pasar una semana conmigo que hace tantos años que no sé lo que es convivir con un hombre. Todos los terrores y las ilusiones es lo que se pone en esa valija, al lado de los zoquetes y el camitontito. Todas las dudas y los anhelos, ahora lo sé, creo. Los sueños que alejan dolores, eso se pone. La posibilidad incierta pero sí, dale, de que las cosas sean diferentes, de que al fin haya llegado el tiempo de descansar, de dejarse mimar, de sostener y dejarse sostener. Y otra vez los temores... ¿Se aburrirá, la pasaremos bien, nos reiremos, nos enojaremos, podré adueñarme de esa ciudad con mar? Quién sabe, tantas cosas pueden pasar entre dos personas en una semana...

Las vísperas tienen un tinte verde claro, como la voz de mi hija. Tienen ese saborcito a promesa, esa impronta de novia por entrar al registro civil, ese ronroneo del cielo por la madrugada, cuando la luminosidad del día se abre paso entre los edificios y se cuela en el dormitorio, el olor de la tierra justo justo antes de que empiece a llover. Esa ansiedad del murguista esperando a su colombina a la salida del tablado. Es como esa mirada medio así de abajito que es preludio de una noche más de amor, igual a ninguna otra.

Las vísperas son un regalo maravilloso cuando sabés, sabés, que al otro día te va a pasar algo definitivamente bueno.

Así estoy hoy. En vísperas...

He dicho

viernes, 21 de octubre de 2011

TRISTE, SOLITARIO Y FINAL

Anoche, el tipo que hizo y deshizo a su antojo la provincia de Buenos Aires por más de una década, puso fin a su campaña y - si le quedara un resto de inteligencia- a su carrera política. Es otra de las buenas noticias de la semana: si los dioses nos son favorables, el domingo nos sacamos de encima esta lacra, aunque él diga que no, que va a seguir, no sé cuánto podés seguir si ya no te dan bola ni tus parientes.

No pudo hacer su cierre en una gran avenida, ni en una cancha de fútbol, ni en un humilde microestadio de club de provincia. No le dio para un teatro más plaza, ni una caravana, ni nada de eso. Por suerte siempre hay amigotes que te prestan el s.u.m. Así es que la sede de gastronómicos fue el lugar. Podría haber sido una cabina telefónica, para disimular el patetismo.

Anoche, el tipo que manejó los hilos del país durante unos años, que controló diputados, dirigentes, intendentes, punteros, manzaneras, jueces, comisarios, no pudo juntar ni doscientos tipos. Ni el tiro del final, digamos.

Así lucía el sum de gastronómicos anoche, tipo once. En un baño público he visto más gente.

He dicho

ESTE BLOG ESTA ORGULLOSO DE SER PARTE DE LA MIERDA OFICIALISTA