
Imagino que cuando arrebatamos la platita a los buitres que se disfrazaron de palomas y se la devolvimos al Estado para que la reparta nuevamente entre nuestros viejos, habrá vuelto la vista atrás, a esos años felices en que los ancianos tenían garantizados sus derechos por la Constitución Peronista y por ella misma, que desde la Fundación no paraba de construir Hogares que dieran a los viejos el plato de comida caliente, la sábana limpia, la atención adecuada, el partido de bochas, el crochet. Qué cosas tan tristes han pasado que reparar el daño es hoy reconocer el derecho de dos millones de personas a, al menos, una jubilación, habrá pensado.
Intuyo que habrá apelotonado insultos de toda laya en la noche de la derrota. Insultos belicosos y a la vez alentadores. Desde algún lado, tal vez desde lo más profundo de nuestra amargura, todos supimos que no nos dejaría claudicar, que nos estaba sopapeando para que reaccionemos, que nos estaba diciendo que había que echar la piedra en el pozo de petróleo, que había que seguir peleando en contra de todo lo que no sea pueblo puro, en contra de todo lo que no sea la "ignominiosa" raza de los pueblos, contra la raza maldita de los explotadores y de los mercaderes de los pueblos. Y estaba, y está, porque así lo prometió.
Supongo que se habrá reído con ganas cuando los aplastamos con la Ley de Medios. Que le trajo la memoria todas las cosas que se decían de ella, tan parecidas, tan parecidas a las que... Qué cosa, pasan los años y ni siquiera tienen el mínimo talento de cambiar los insultos...
Y un día llegó la Asignación Universal por Hijo. Ciento ochenta pesos para que los pibes puedan tomar la leche con galletitas, o tener una muñeca en Navidad. Claro, yo los abrazaba con muñecas -habrá recordado-, o haciéndoles una ciudad, o llevándolos de vacaciones al mar, o asegurándoles las vacunas, las risas, la felicidad en la infancia. Cómo han hecho tan mierda mi Patria que la reparación, apenas la reparación, pasa por ciento ochenta pesos. Qué han hecho estos miserables, desde qué fondo hay que sacar a este Pueblo, por Dios. Cómo pudieron.
Aquello era Justicia y también costó el odio. Y acá, ya están queriendo negar los contreras hasta los ciento ochenta pesos. Porque dicen que se les van en juego y droga, bajezas a las que nos tienen acostumbrados.
Presiento su especial satisfacción con la ley de Matrimonio igualitario. Tal vez habrá pensado en su querido Paco, despreciado por peronista y por puto, en medio de los oropeles oligárquicos. Probablemente volvió en un viejo tren a Junín, o aún a Los Toldos, sintiendo nuevamente el desdén, la discriminación, la humillación de portar un apellido ausente, ilegítimo. Y este acto justiciero otra vez, esto que tanta tirria provocó entre aquellos a los que les reprochó haber abandonado a los pobres y predicar la resignación frente a la injusticia, olvidarse del pueblo y haber hecho todo lo posible por ocultar el nombre y la figura de Cristo tras la cortina de humo con que lo inciensan.
Y sé, juro que lo sé, que a veces entra en el despacho presidencial. Despacio, con ese soplo etéreo de su presencia imborrable. Suavemente pero con la certeza de que en ese espacio es bienvenida. Sé que recuerda aquellas apretadas letras que permitieron el voto femenino. Sé que la ve trabajando infatigablemente, tal vez suspira, y la mira. Y se siente tan, tan orgullosa. Y así, con ese orgullo, dice sí. Definitivamente. Sí. Y se aleja tranquila.